Era cerca de las 12:15 cuando crucé las puertas de la Clínica de Salud Comunitaria del Condado de Johnson. Tenía una cita programada desde hacía semanas, un simple chequeo de rutina. No era un lugar extraño; ya había estado allí un par de veces. Sin embargo, el edificio desprendía una nostalgia incómoda, como si perteneciera a algún rincón de mi infancia. Era una sensación difusa, imposible de rastrear.
Al entrar, un déjà vu aplastante me golpeó el pecho. El zumbido eléctrico de los tubos fluorescentes que parpadeaban en el techo. Las baldosas blancas del suelo. El tono beige apagado de las paredes. En una esquina, un televisor de pantalla plana reproducía en bucle una presentación de diapositivas con anuncios de la clínica. Pasé de largo la sala de espera vacía —un rincón con revistas viejas, juguetes de plástico y sillas acolchadas de color azul— y me acerqué a la recepción. Detrás del mostrador, una mujer sentada en una silla de oficina grisácea examinaba una hoja de cálculo en un monitor antiguo. El sistema operativo era un Windows XP que parecía no haber sido actualizado desde 2008. Sobre el mostrador descansaba la hoja de registro.
—Tengo una cita con el doctor Pebins —dije.
—¿A qué hora?
—A las 12:30.
Sus dedos golpearon el teclado de plástico.
—Ah, sí. ¿Gary Johnston?
—Sí.
—Le avisaré al doctor. Rellene esto, por favor.
Me entregó una tabla con un formulario sencillo. Regresé a la sala de espera, me senté en una de las sillas azules y apoyé el papel sobre mis rodillas para empezar a escribir.
Llevaba la mitad del formulario cuando me dejé caer hacia atrás, agotado. Apenas había dormido la noche anterior. Al reclinarme, ocurrió algo extraño. Mi nuca nunca llegó a tocar la pared. Sentí, en cambio, cómo se hundía en ella. Me levanté de golpe, asustado, y me giré para mirar el muro.
Nada.
No había marcas, ni agujeros, ni grietas.
Estiré la mano con desconfianza y rocé la superficie. Mis dedos la atravesaron.
Retrocedí de un salto. El pulso se me aceleró. Volví a acercarme, estirando el brazo con lentitud, y mis dedos volvieron a hundirse en el yeso sólido como si fuera humo. Entonces perdí el equilibrio. Tropecé hacia delante y caí de cabeza contra la pared. Atravesándola por completo.
Caí de bruces sobre una alfombra húmeda y amarillenta. Al ponerme de pie, me di cuenta de que ya no estaba en la clínica. No era una habitación común, sino una serie de espacios interconectados por aberturas sin puertas. Las paredes estaban cubiertas por un papel pintado con un patrón repetitivo y desagradable de color ocre. El aire apestaba a moqueta mojada, un olor denso que se pegaba a la garganta.
Me giré de inmediato y empujé la pared por la que acababa de entrar. Estaba sólida. Mis manos golpearon el yeso rígido.
—¿Qué demonios es esto? —susurré.
Miré a mi alrededor. No había ventanas, ni salidas, ni ningún objeto en las paredes, salvo ese papel amarillo. El espacio estaba vacío, excepto por una única silla escolar de plástico azul en medio de la nada. El pánico se apoderó de mí. Mi mente se redujo a una sola orden constante: tengo que salir de aquí. Empecé a correr a través de los umbrales, buscando desesperadamente una puerta, una escalera, cualquier cosa. No había nada. Solo más habitaciones idénticas.
¿Iba a quedarme atrapado aquí hasta morir? Tenía que haber una salida. La recepcionista, el doctor... alguien notaría mi ausencia. Alguien vendría a buscarme.
Pero nadie lo hizo.
Entonces, en la lejanía de los pasillos amarillos, resonaron pasos. No eran humanos. Al menos, no de un humano normal. El sonido iba acompañado de un gruñido húmedo y gutural, similar al de una bestia hambrienta.
Corrí. Escapé con todas mis fuerzas de aquello que se aproximaba en la penumbra. No quería ver qué era.
Corrí durante lo que parecieron horas, pero siempre terminaba regresando al mismo punto de partida. O al menos a una habitación idéntica. Era imposible diferenciarlas.
Me dejé caer al suelo, vencido. El frío del desamparo me recorrió la espina dorsal y comencé a llorar en silencio. Iba a morir en este lugar.
Y aquí sigo. No he logrado salir. He aceptado mi destino.
De hecho, acabo de escuchar pasos de nuevo. Me pregunto quién será.