Hace un par de meses empecé mis clases en la Universidad Estatal de Chico. Mientras preparaba mi primer año, conseguí todo lo necesario, excepto una computadora portátil. No me agrada gastar de más si puedo evitarlo. Busqué ofertas en internet, pero ninguna se ajustaba a mi presupuesto. Faltaban dos semanas para el inicio del curso y la desesperación crecía.
Días después, vi un anuncio en el periódico. Vendían una laptop Dell por seiscientos dólares. Estaba cerca de mi casa. Era un modelo excelente, rebajado casi mil dólares de su precio original. Demasiado barato.
Conduje hasta la dirección al día siguiente. La casa quedaba en las afueras, casi pegada a un bosque espeso. En la entrada descansaba un viejo Chevrolet oxidado, rodeado de carteles antiguos y chatarra. Toqué el timbre. Un hombre delgado con chaqueta de franela abrió la puerta. Al preguntarle por la computadora, su rostro mostró alivio. Quería deshacerse de ella de inmediato. Pagué en efectivo tras comprobar que encendía. Regresé a casa con mi nueva adquisición.
Con el entusiasmo de tener mi primera laptop propia, la encendí para instalar mis programas. Al revisar el disco duro, encontré una carpeta oculta. El vendedor me había asegurado que la memoria estaba limpia, formateada. La carpeta se titulaba "09/17/10". Una fecha. La abrí. Contenía seis videos y tres imágenes. La curiosidad pudo más que la prudencia.
El primer video se llamaba "001". La grabación provenía de una cámara de mano temblorosa, desde el interior de un vehículo. Enfocaba a una mujer que salía de un bar por la noche y subía a su auto. A los pocos segundos, ella arrancó. El conductor del vehículo con la cámara la siguió al instante. El video terminaba a los veinticuatro segundos. Daba la impresión de que el camarógrafo la había estado esperando. En ese momento, el registro me pareció inquietante, pero no me alarmé.
Abrí el archivo "002". Supuse que continuaba la escena. El lente apuntaba desde el tablero, a través del parabrisas. Había empezado a llover. El vehículo de la mujer iba dos autos por delante. La toma se prolongaba durante cuarenta y siete segundos de un silencio incómodo antes de cortarse.
El nerviosismo empezó a instalarse en mi estómago. Temía que el asunto terminara mal, pero la intriga me empujaba a seguir mirando, como si fuera una serie de televisión. Continué.
El tercer archivo, "003", desató mi alarma. La misma mano temblorosa sostenía la cámara. Afuera caía una tormenta. Una figura con abrigo de piel y paraguas caminaba hacia la entrada de una casa. Entró y cerró la puerta.
La quietud posterior resultó insoportable. Solo se escuchaba el golpeteo del agua sobre el techo del auto. Tras dos minutos de esa tensa inmovilidad, las luces de la casa se apagaron. Pasó un minuto más. Alguien dejó la cámara sobre el tablero y abrió la puerta del auto. El clic metálico al cerrar dio paso a una silueta con capucha que avanzaba hacia la vivienda. Sentí un nudo en el estómago cuando el desconocido rodeó la propiedad hacia la parte trasera. No debía estar ahí. Segundos después, las luces exteriores de la casa se cortaron. Oscuridad total. Solo el ruido de la lluvia confirmaba que la cinta seguía corriendo. El video terminó tras nueve minutos de negrura y agua.
Ya no cabía pensar en un proyecto estudiantil o una broma. Empecé a reprocharme no haber verificado la identidad del vendedor. ¿Acaso el acosador era el tipo de la chaqueta de franela? La idea de llamar a la policía rondaba por mi cabeza, pero decidí esperar.
Con desgana, reproduje el cuarto video, "004". La lluvia había cesado. El silencio era absoluto. Pasaron unos segundos y se escucharon pasos sobre la grava, cada vez más cerca. La puerta del auto se abrió, encendiendo la luz del habitáculo. La cámara estaba en el suelo, apuntando al techo. Tras unos ruidos confusos, un golpe seco sacudió la parte trasera de la camioneta. Un brazo cruzó la toma de golpe y alguien arrastró una lona grande hacia el exterior. Mi mente dibujó el peor escenario posible.
El sujeto recogió la cámara, la apoyó en el tablero y dio marcha atrás. Condujo tres minutos antes de detenerse en un camino de tierra secundario. Bajó para manipular la carga. Seis minutos después, el vehículo volvió a moverse. Alguien tomó la cámara por el asa, apuntando al suelo. En un giro del lente, distinguí la misma camioneta destartalada que estaba estacionada frente a la casa del vendedor. Decidí que llamaría a las autoridades, pero entonces la cámara enfocó la casa del fondo. Era una vivienda distinta a la que yo había visitado. Eso me dio un breve respiro, aunque no demostaba nada.
Al terminar el cuarto archivo, dudé si estaba listo para el siguiente. Esperaba un giro inofensivo, una explicación racional.
"005" comenzaba dentro de una habitación a oscuras. Una silueta cruzaba la pantalla de vez en cuando. De fondo, los ladridos lejanos de un perro rompían el silencio. Luego, un gemido ahogado. El sonido subió de tono hasta convertirse en un grito sofocado. Los ruidos de forcejeo y los sollozos llenaron el espacio. Una luz se encendió. La cámara se elevó y enfocó el centro del cuarto: una mujer atada a una silla, golpeada y ensangrentada. Era la misma mujer del bar. El lente hizo un zum sostenido en su rostro durante lo que pareció una eternidad.
El estómago se me revolvió. La hipótesis de la ficción se desmoronó por completo. Solo quedaba un video y temí por mi propia seguridad. Eché el cerrojo de la puerta, bajé las persianas y continué.
Inicié "006" con la mínima esperanza de que la mujer siguiera con vida. La grabación final transcurría en un baño. La cámara descansaba sobre el lavamanos, apuntando al espejo que reflejaba la puerta de entrada. El ruido de una herramienta eléctrica destrozó mis expectativas. Permanecí inmóvil frente a la pantalla durante minutos que parecieron horas. El zumbido cesó. Silencio. Luego, pasos pesados y el arrastre de algo denso. El pomo giró. De la penumbra del pasillo surgió una mujer de mediana edad vestida con ropa de laboratorio, un respirador y guantes largos de goma. En el reflejo, la mujer arrastró un bulto hasta la bañera. Al levantarlo, distinguí una bolsa de basura negra de gran tamaño.
El horror era físico. La mujer vació el contenido en la tina; restos pesados cayeron al fondo. Dejó la cámara en el suelo, enfocando el interior de la bañera. Al lado había botellas de sustancias corrosivas y envases vacíos. Empezó a verter los líquidos. Un sonido efervescente y sibilante, como una reacción química violenta, llenó el audio.
El video terminó. Me quedé helado, paralizado por el pánico. Abrí las imágenes. La primera mostraba la camioneta. La segunda, a la joven atada antes de recibir los golpes. La tercera arrojó un error de archivo dañado. Quizá fue lo mejor.
Guardé copias de las dos primeras fotos antes de entregar la computadora a la policía. Me devolvieron los seiscientos dólares y me entregaron una recompensa. La víctima era la novia del exesposo de la mujer mayor. A la sospechosa la habían arrestado un año antes, pero la liberaron por falta de pruebas, encarcelando en su lugar al exmarido. El contenido del disco duro era el cabo suelto que faltaba.
Esto aclara el destino de la víctima. Sin embargo, persisten las dudas. No sé quién era el hombre de la chaqueta de franela, cómo obtuvo la laptop ni por qué conducía la misma camioneta que la asesina. Dejaré que la policía se encargue de resolver eso.